~ Cuando las bombas son más que las personas

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Foto de autor anónimo que, según la fuente, está situada en Chilwell, Nottingham, alrededor de 1916.

Forma parte de un mini-reportaje con imágenes muy interesantes que ilustran cómo en una guerra se moviliza la sociedad civil. En este caso se trata de la I Guerra Mundial, en donde las mujeres trabajaban en las fábricas de armas mientras los niños jugaban a la guerra en la calle y/o se homenajeaba a los soldados heridos en el frente.

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~ El pescado de los pobres

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Cartagena (1951): El pescado de los pobres (cabezas de pez espada). Autor: Michael Wolgensinger.
Una mujer vestida de negro hace un alto en el camino. Lleva consigo tres cabezas de pez espada. Dos de ellas las sostiene con sus fuertes brazos y la tercera reposa sobre el suelo. Imagen directa, sin rodeos, tan real como la difícil vida misma de aquellos tiempos: los años 50, la posguerra española en el s. XX. Una imagen que de tan real se convierte en surrealista. La expresión de la mujer, los elementos y la composición de la imagen, transmiten la dureza de aquellos años de necesidad de un modo descriptivo, pero no por ello carente de esa poesía épica que nos narra el día a día, lo cotidiano, y cómo salir adelante cuando la escasez obliga. Una obra maestra.Hay una extensa y magnífica colección de fotografías de Michel Wolgensinger (dentro de la cual se encuentra la arriba expuesta) que merece la pena ser ojeada de forma pausada, junto con los detalles de su biografía y trabajos.

~ (Otro) Test de inteligencia

A menudo descubrimos que no somos necesariamente los seres más brillantes del planeta. En la animación un científico somete a un chimpancé a una prueba para medir su inteligencia. Y quizá encuentra más de lo que esperaba. Quizás halla una moraleja en esta historia, pero dónde.

(A vueltas con los test, hace tiempo que me quedé enganchado con éste.)

Lee Daniels es el autor de esta historia y si quieres ver alguna más éste es el enlace correcto.

~ El león del castillo de Gripsholm

En 1731 alguien le dio al rey Federico I de Suecia la piel y los huesos de un león, un regalo exótico para un país tan frío. El rey decidió disecarlo. El único problema era que el taxidermista nunca había visto un verdadero león. Y he aquí el resultado:

El león del castillo de Gripsholm

Dicen que acompañando los restos del fiero animal había tres hienas, varios gatos monteses y un esclavo liberado convertido en su cuidador. Todo en el mismo lote del regalo.

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El león está aún en exhibición en el bello castillo de Gripsholm (Suecia).

~ El león del castillo de Gripsholm

En  Facebook hace ya que tiene su propio grupo de seguidores, y alguno, haciendo uso del retoque digital, ha hecho maravillas como ésta, aunque creo que, una vez más, la realidad supera a la ficción:

~ El león del castillo de Gripsholm

Fotos vía Ulrika Good.

Vía Reddit.

~ Retratos y fragmentos del proceso judicial de los cautivos de la goleta "Amistad"

La goleta La Amistad vía Wikipedia

[1]

En 1839, la goleta española Amistad zarpó de La Habana rumbo a Puerto Príncipe. Llevaba a bordo 53 africanos que, unos meses antes, habían sido secuestrados para ser vendidos como esclavos. Los cautivos se rebelaron, mataron al capitán y al cocinero, y ordenaron a los tripulantes dirigir el barco de vuelta a África. En lugar de ello, se les engañó y la nave acabó capturada por la Marina de los EE.UU. frente a la costa de Long Island. Los rebeldes fueron transportados a New Haven, Connecticut, a la espera de juicio por rebelión, homicidio, y la piratería.
Después de dos años de batallas legales y litigios, en donde los partidarios de la esclavitud y los abolicionistas se volcaron en un intenso debate, los cautivos del Amistad fueron liberados y regresaron a Sierra Leona en 1842. Lo que constituyó un hito en la tortuosa historia de la trata de esclavos.
(Su historia fue ampliamente difundida hace unos años gracias a que fue motivo de la película Amistad de Steven Spielberg.)

[2]

Lo que no es tan conocido es que un joven de dieciocho años, natural de New Haven, William H. Townsend, retrató y realizó bocetos a lápiz de los encausados mientras estaban a la espera de juicio. Debido a que los dibujos son muy frágiles y sensibles a la luz, las 22 imágenes expuestas son copias facsímiles de los originales. Sus obras se pueden ver en su conjunto gracias a la Universidad de Yale. He aquí algunos de sus retratos:

Dibujos realizados por William H. Townsend
(Pulsar sobre la imagen para ver detalles)

[3]

Acerca del proceso resulta realmente interesante seguir las propias declaraciones de algunos interesados, ya sean imputados o del propio traficante que hizo la compra de las personas amotinadas, que gracias al Observatorio de Conflictos han sido retomadas y colgadas en la Red y que me permito transcribir íntegramente:

El Motín de la goleta Amistad
Fragmentos de la investigación judicial
El motín de la goleta “Amistad” fue uno de los pocos casos de motines exitosos. Además es un caso especial porque de él tenemos una descripción detallada en la investigación judicial subsiguiente.

El siguiente en declarar fue el señor Don José Ruiz, y testificó como sigue: Compré 49 esclavos en La Habana, y los embarqué a bordo de la goleta Amistad. Zarpamos para Guanaja, el puerto intermedio para Príncipe. Durante los cuatro primeros días todo anduvo bien. En la noche oímos un ruido en castillo de proa. Todos nosotros estábamos durmiendo excepto el hombre timón. No sé como comenzaron las cosas; fuimos despertados por el ruido. A este hombre Joseph, yo lo vi. No puedo decir cuantos estaban involucrados. No había luna. Estaba muy oscuro. Tomé un remo y traté de apaciguar el motín, grité ¡no! ¡no! Luego oí a uno de la tripulación gritar al caer muerto. Luego oí al capitán ordenar al camarero ir abajo y conseguir algo de pan para arrojarles, en la esperanza de pacificar a los negros. Yo fui abajo y llamé a Montez para que me siguiera, y les dije que no me mataran: No vi al capitán asesinado. Ellos me llamaron a cubierta y me dijeron que no sería lastimado. Les pedí como un favor que fueran clementes con el viejo. Ellos lo hicieron. Luego de esto ellos fueron abajo y registraron las pertenencias de los pasajeros. Antes de hacer esto, nos ataron las manos. Seguimos nuestro curso –no sé quién estaba al timón. Al día siguiente perdí de vista al capitán Ramón Ferrer, dos marineros, Manuel Pagilla y Yacinto, y al cocinero Selestina. Todos dormimos en cubierta. Los esclavos nos dijeron al día siguiente que los habían matado a todos; pero el camarero dijo que habían matado solamente al capitán y al cocinero. Los otros dos dijo que habían escapado en la canoa –un bote pequeño. El camarero es africano de nacimiento, pero ha vivido largo tiempo en Cuba. Su nombre es Antonio, y pertenece al capitán. Desde este momento fuimos compelidos a dirigirnos hacia el este durante el día: pero a veces el viento no nos acompañaba para ir hacia el este, entonces ellos podían amenazarnos de muerte. En la noche torcíamos hacia el oeste, e íbamos hacia el norte lo más que podíamos. Estábamos a seis o siete leguas de tierra cuando se inició el motín. Antonio está todavía con vida. Ellos pudieron haberlo matado, pero el actuó como intérprete entre nosotros, porque entendía ambas lenguas. Él está ahora a bordo de la goleta. Principe es a unos dos días de navegación desde La Habana, o a 100 leguas, considerando que tres millas hacen una legua. A veces cuando los vientos son adversos, el viaje lleva 15 días.
El siguiente en declarar fue el señor Don Pedro Montez. Este testigo declaró totalmente en español, siendo el intérprete el teniente R. W. Meade
Dejamos La Habana el 28 de junio. Yo poseía cuatro esclavos, tres hembras y un macho. Por tres días el viento estuvo a favor y todo fue bien. Entre las 11 y las 12 de la noche, justo cuando estaba saliendo la luna, el cielo estaba oscuro y nublado, el tiempo muy lluvioso, en la cuarta noche yo estaba acostado sobre un colchón. Tres o cuatro fueron despertados por un ruido causado por los golpes dados al cocinero mulato. Subí a cubierta y ellos me atacaron. Tomé un garrote y un cuchillo con vistas a defenderme. No deseaba matarlos ni herirlos. En este momento el prisionero me hirió en la cabeza severamente con uno de los machetes, también en el brazo. Luego corrí hacia abajo y me acomodé entre dos barriles cubriéndome con una vela. El prisionero corrió hacia mí e intentó matarme, pero esto fue evitado por la intervención de otro hombre. Yo reconozco a quien me hirió, pero no estaba con sentidos suficientes como para distinguir al hombre que me salvó. Estaba extenuado por la pérdida de sangre. Luego fui llevado a cubierta y atado a la mano de Ruiz. Luego de esto me ordenaron navegar hacia su país. Yo les dije que no conocía el camino. Tenía mucho miedo y había perdido mis sentidos, de manera que no puedo reconocer a quien me ató. Al segundo día luego del motín, vino un fuerte viento. Así y todo seguí navegando, habiendo una vez sido patrón de un velero. Cuando me recobré, navegué hacia La Habana, en la noche guiándome por las estrellas, pero por el sol en el día, teniendo cuidado de no hacer más camino que el posible. Luego de navegar cincuenta leguas, vimos a un barco mercante americano, pero no le hablamos. También fuimos pasados por una goleta pero no fue advertida. Cada momento mi vida estaba amenazada. Yo sé nada de la muerte del capitán. Todo lo que sé de la muerte del mulato es que oí los golpes. Él estaba dormido cuando lo atacaron. A la mañana siguiente los negros habían lavado las cubiertas. Durante la lluvia el capitán estaba al timón. Ellos estaban todos contentos, al día siguiente, de lo que había ocurrido. Los prisioneros me trataron duramente, y si no fuera por la intervención de otros, me habrían matado varias veces cada día. No llevamos la cuenta. No sé cuantos días estuvimos navegando, ni qué día de la semana era cuando llegaron a bordo los oficiales. Anclamos al menos treinta veces, y perdimos un ancla en Nueva Providencia. Cuando estábamos anclados éramos tratados bien, pero en el mar ellos actuaban muy cruelmente en relación conmigo. Ellos una vez me dijeron que anclara en alta mar. Yo no tenía deseos de matar a ninguno de ellos, sino de evitar que se mataran entre ellos.
El prisionero fue entonces enviado a su reducto, y la Corte trasladó la sesión a la goleta, que debía inspeccionar y donde Antonio cuando hiciera su descargo podría reconocer a quienes mataron al capitán y a su cocinero mulato.

Investigación a bordo del Amistad

Antonio, el esclavo del capitán asesinado, fue llamado ante la corte, y fue interrogado en español, por el teniente Meade, sobre el tipo de juramento que iba a hacer. Él dijo que era cristiano, y habiendo jurado, testificó así:
“Nosotros habíamos estado navegando por cuatro días cuando estalló el motín. Esa noche había estado lloviendo muy fuerte, y todas las manos estaban en la cubierta. La lluvia cesó, pero todavía estaba muy oscuro. Las nubes cubrían la luna. Luego de la lluvia, el capitán y el mulato yacían sobre algunos colchones que habían llevado a cubierta. Cuatro de los esclavos vinieron hacia la popa, armados con esos cuchillos que son usados para cortar la caña de azúcar; ellos hirieron al Capitán a través de la cara dos o tres veces; y al mulato muchas veces. Ninguno de ellos gritó. Para este momento el resto de los esclavos había venido a cubierta, todos armados de la misma manera. El hombre que estaba en el timón y otro bajaron el bote pequeño y escaparon. Yo estaba despierto y vi todo. El hombre escapó entes que el señor Ruiz y el señor Montez despertaran. Joseph, el hombre encadenado, era el líder; él atacó al señor Montez. El señor Montez luchó con él y le dijo que se detuviera. El capitán me ordenó que les arrojara algo de pan. Yo lo hice, pero ellos no querían ni tocarlo. Luego de matar al capitán y al cocinero, y herir al señor Montez, ellos ataron a Montez y a Ruiz por las manos hasta que hubieron registrado el camarote. Luego de hacerlo, los soltaron, y fueron hacia abajo. El señor Montez podía caminar escasamente. Los cuerpos del capitán y del mulato fueron arrojados por la borda y las cubiertas lavadas. Uno de los esclavos que atacó al capitán ha muerto. Joseph fue uno, dos de ellos están ahora abajo (El muchacho entonces dejó la cubierta y señaló a dos negros que habían conspirado para matar al capitán y al mulato).
Habiendo finalizado el examen del muchacho, la corte retornó por medio del transporte que los puso a bordo del Wachington, y luego de estar en consulta algún tiempo, llegó a la siguiente decisión:
Joseph Cingue, el líder, y otros 38, que son nombrados en la acusación, son enviados a juicio ante la próxima corte de circuito en Hartford, a realizarse en 17 de septiembre próximo.
A las tres muchachas y a Antonio, el camarero, se les ordena dar en depósito la suma de $ 100 cada uno para comparecer ante dicha corte y dar evidencia del caso, y ante la ausencia de dicho depósito ser llevados al la cárcel de la corte en la ciudad de New Haven. Estas personas no están acusadas. Al teniente R. W. Meade, Don José Ruiz y Don Pedro Montez se les ordena depositar la suma de $ 100 cada uno para comparecer y dar evidencia en dicho caso, ante la mencionada corte. La corte finalmente levanta la sesión, habiendo dado una orden al U. S. Marshal, de transportarlos a New Haven.
Traducción: Luis César Bou


Reconocimientos:

Entrada relacionada: ~ Dibujo de cómo llevar 454 esclavos en un barco (s.XVIII).

~ La muerte del caballo: tercio de varas (finales del siglo XIX)

De autor desconocido y gran valor documental, estas fotografías están fechadas entre 1890 a 1900 y situadas en Barcelona -no hay que olvidar que antes de la Monumental se construyeron otras dos plazas de toros más en la ciudad catalana-. En formato Photorochrom, están incluidas en la serie que The Library Of Congress tiene dedicada a imágenes coloreadas de la última década del s. XIX.
Un apunte: el uso del peto en la tauromaquia no se hizo obligatorio hasta 1928, por lo que en el reglamento de 1846 se establecía que la cuadra de caballos para picar fuera de 40 ejemplares en una corrida.

 
Dada la técnica fotográfica de entonces, en esta instantánea destaca cómo queda reflejado el momento mismo de la acometida del toro que empitona el pecho del caballo.


Momento previo al encuentro del toro con el picador; detrás, a pie de burladero, yace un caballo empleado anteriormente en el mismo tercio de varas.


P. D.: Para los que quieran indagar un poco más acerca del asunto de la muerte del caballo en la lidia, este vídeo bastante explícito fechado en los años veinte del siglo pasado.


Imágenes: The Library Of Congress.